Hablar de fe significa pensar en el don recibido por parte de Dios como una gracia, como un regalo inmerecido que no puede comprarse o adquirirse en el mercado, que no se apoya en los méritos personales ni en la bondad autosuficiente. Decir fe es reconocer un sinnúmero inmenso de hombres y mujeres que a lo largo de la historia han creído en Cristo Jesús y lo han reconocido como Mesías e Hijo de Dios a lo largo de la historia. Decir fe pues, es reconocer la gratuidad de Dios que pide que caminemos en fidelidad a la Alianza iniciada por Él (cfr. Mi 6, 8).
Sin embargo, decir Fe también significa, según nuestra revelación cristiana, hablar de camino, de vitalidad, de progreso, es armarnos de valor y confiar en la constancia de un Dios que se glorifica en la vida de sus hijos. La fe es creación, novedad, capacidad para ver y amar el mundo con la gracia de Dios, lo cual no significa otra cosa que su misma vida y deseos de salvación. Hablar de fe es hablar de algo positivo, bueno, deseable. La fe logra rescatar y desarrollar lo mejor que somos como hijos de Dios, hace que las realidades de este mundo cobren vida eterna y aspiren a los dones más altos.
Decir fe no significa para nada hablar de mera copia o imitación. Decir fe no es conservar con recelo lo recibido por miedo a perderlo, a ejemplo del hombre infiel y perezoso que por miedo a su señor escondió su talento bajo tierra y se lo entregó tal cual es para no problematizarse la vida (Mt 25, 25). La fe nunca manifiesta muerte sino vida, y para hacerlo debe ser traducida en obras (St 2, 17-18), en gestos y palabras que muestran las promesas de un Cristo siempre presente.
Hablar de fe no es hablar de creatividad aislada que no respeta el pasado. La fe nunca se identifica con el marketing, con el caer bien para ganar amistades superficiales. La fe no es cómplice de la maldad ni se hace amiga de la vida para dejarla sumida en una dinámica cómoda de pecado, al contrario, la fe problematiza la vida para mostrar un horizonte amplio y profundo que sólo Dios puede conocer y que es digno de credibilidad.
Por eso hablamos de la fe como de fidelidad creadora. Ya que aceptar a Cristo en la propia vida significa beneficiarse de una herencia que merece ser continuada y enriquecida. Todo cristiano esta llamado a recibir la fe de la Iglesia, y a su vez esta llamado a sostener esa misma fe que camina uniendo a la humanidad toda. Ser fiel y creativo es ser un hijo de Dios que camina cambiando el mundo y otorgándole la vida eterna, esa misma vida que nos ha confiado en su Hijo Jesucristo.
