Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina. Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo en favor de todos los hombres. Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo. Este designio tiene como finalidad la redención de los pecados y la divinización del ser Humano.
En una analogía podemos decir, que así como conocemos la existencia de nuestros amigos antes de que sean amigos de toda nuestra confianza, sólo cuando convivimos con ellos y nos manifiestan lo más íntimo de su corazón podemos decir con propiedad que los conocemos. De igual modo, por la sola razón podemos decir que Dios existe, pero sólo por la revelación conocemos que Él es PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO.
La Revelación de Dios es real, progresiva e incluyente. Esto significa que Dios se vale de acciones y palabras íntimamente ligadas entre si (Gestis vervisque) que se esclarecen mutuamente y que van dando una pequeña panorámica del todo que Dios tiene a bien dar a conocer. Las etapas de la historia de la revelación comprenden todo acto que Dios realiza para darse a conocer, en este sentido el primer acto de revelación es la creación misma, seguida de la Alianza, la Ley, la tierra prometida y el Mesías esperado. El Antiguo Testamento Revela así un Dios que ha hecho el mundo por amor y que es fiel al hombre, incluso cuando éste se separa de Él por el pecado. Grandes personajes protagonistas de la progresiva revelación en el AT son: Noé, Abraham, Moisés, los Jueces, David, Salomón, los Profetas.
La progresiva revelación que Dios hace de sí mismo llega a su plenitud y finalidad en Cristo Jesús, Hijo eterno del Dios vivo y verdadero:
«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:
«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra […]; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184.).
En Cristo los binomios se identifican y no se pueden separar: Él es la Revelación y el revelador por excelencia, es Él el Salvador y la Salvación prometida, es la Alianza cumplida y el sacrificio de esa nueva Alianza. Por esta plenitud cumplida, de una vez y para siempre, en Jesucristo la Iglesia reconoce que no habrá nunca otra revelación; en Jesucristo Dios mismo ha venido al mundo. Él es la última palabra de Dios. Oyéndole a Él los hombres de todos los tiempos pueden saber quién es Dios y lo que es necesario para su salvación. Somos cristianos por la radicalidad de la dependencia que tenemos con Cristo Jesús. Lo esencial del Cristianismo es CRISTO.
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