
Según una perspectiva bíblica y cristiana, la fe es el único modo en el que el hombre puede entrar en una relación profunda y verdadera con Dios. La Iglesia enseña que la fe, aún cuando es un don de Dios divinamente inspirado, es a la vez un auténtico acto humano, con todo lo que ello implica: razón, voluntad y libertad.
La fe se comprende como una respuesta humana a la revelación hecha por Dios, así lo entiende y reafirma el concilio Vaticano II siguiendo una continua y progresiva tradición de la Iglesia cuando afirma: “Cuando Dios se revela hay que prestarle «la obediencia de la fe», por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El”. Por su parte, el actual Papa continua esta visión de la fe como respuesta y la explica afirmando que “la fe es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un Tú que nos llama por nuestro nombre” (LF 8), así la relación con Dios que suscita la fe no es mero contenido de dogmas, sino un proceso que entra en la dinámica del conocimiento, de la confianza y del abandonarse a la Palabra y a las promesas que Dios regala a la humanidad, a cada ser humano que cree, a partir del encuentro con su Hijo Jesucristo.
La fe por lo tanto es un camino, un desarrollo, una vida con sus dinámicas internas y externas que la hacen madurar. Cuando la fe es confundida con una apropiación personal o vista como un estado obtenido con un solo acto o momento, corre el riesgo de quedar infecunda y de volver la vida tediosa, apática, insana, falta de color y de vitalidad, cayendo fácilmente en consideraciones abstractas que lejos de unirnos con la humanidad (con el prójimo diría el Evangelio) nos alejan de la vida real y, por ende, del mismo Dios que ha originado la fe y la vida. Si nuestra fe es una fe-camino, entonces estamos llamados a movernos en la presencia del Señor como lo hizo Abraham, nuestro padre en la fe (Rm 4, 16), para evitar que Dios pase a ser una idea convencional en lugar de una realidad viviente que nos toca la vida de cada día.
El cristiano es un discípulo de Jesús, camina siguiendo sus pasos y permite que Él entre en ese proceso confiando en su palabra, como lo han hecho María, Pedro, José, Juan y tantos hombres y mujeres que, aun sin haberlo visto han creído en la vida eterna que Cristo vino a entregar. Contrario a esto, cuando la Iglesia deja de creer en el estilo y la vida de Jesús, y comienza a hacerse “fuerte” en sus propias convicciones humanas y en sus ideologías autorreferenciales, ahuyenta a las personas y las aleja del don de Dios llamado Fe.
Cada uno de nosotros como creyentes, estamos llamados a entrar constantemente en el proceso y las dinámicas de una fe viva, la cual cambia y se mantiene, madura y se sostiene únicamente en la comunión con el Hijo de Dios, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cfr Jn 10, 10).
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