Propedéutico Filosófico II

Clase 1: EL SENTIDO

«¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué y para qué, o para quién, estamos aquí? ¿Qué debemos y qué podemos hacer? ¿Qué no es permitido esperar? No hace falta invocar el testimonio de ilustres filósofos, estas son las preguntas fundamentales de la filosofía, las únicas que importan.»


«El hombre es el único ser que se interroga de manera tan radical sobre el sentido de su existencia. Si se plantea la pregunta del sentido es porque tiene conciencia de la finitud de su extensión en el tiempo. ¿Tiene esa extensión un sentido? ¿Acaso es el hombre sólo una «pasión inútil», como lo proclama Sartre al final de El ser y la nada, apuntando siempre hacia la nada que somos y que nos aguarda? […] La filosofía espera que no, que la vida sí puede tener sentido.»


«[…] Toda filosofía, toda vida, se funde en la espera (esperanza). La espera (esperanza) de este libro es la de articular esta filosofía.»

Jean Grondin, Del Sentido de la vida, un ensayo filosófico

SENTIDO
(del latín sensus, de sentire, percibir por los sentidos o por la inteligencia)

Tiene sentido lo que es capaz de ser percibido por los sentidos o por la mente; propiamente lo que puede ser comprendido. La ciencia en general no es otra cosa que una comprensión o interpretación (de las regularidades de los fenómenos) del mundo; y el lenguaje – «mundo» de los signos- no es sino un sistema de signos, de los cuales se estudia su significado. La clásica «pregunta por el sentido» se dirige, no hacia los fenómenos del mundo ni hacia los signos del lenguaje, sino propiamente a cosas, conjuntos de cosas o procesos poco susceptibles de ser tratados científicamente, como, por ejemplo, el mundo en su conjunto, el hombre, la vida, la historia, la muerte, etc. Para estos casos, se percibe sentido si cada una de estas cosas puede ser inscrita en una serie ordenada de causalidades (que explican su razón de ser), o de finalidades (que explican su relación a un fin); si hay para todo ello respuesta a las preguntas ¿por qué? o ¿para qué?

De todas maneras, rigurosamente hablando solamente tienen sentido las acciones humanas, es decir, aquellos actos realizados por una agente (individuo, grupo o agente impersonal) libre y voluntariamente. Esta acción depende fundamentalmente de las creencias, conocimientos o saberes del agente, y de los fines o propósitos que persigue, y el sentido de dicha acción consiste en poder conocer dichos fines. Las acciones humanas son clases de acontecimientos, como lo son los sucesos (la caída de un rayo, por ejemplo) o los procesos (la subida de la marea, por ejemplo) naturales, pero solamente las acciones humanas tienen sentido, mientras que los acontecimientos naturales carecen de él. Por ello, los actos humanos se pueden comprender (y, a veces, explicar), mientras que los acontecimientos físicos solamente se pueden explicar.

La pregunta por el sentido de algunas de estas cosas puede constituir un problema filosófico.

Libro Recomendado:

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El hombre en busca de sentido es mucho más que el testimonio de un psiquiatra sobre los hechos y los acontecimientos vividos en un campo de concentración. Es una lección existencial capaz de interpelar al lector de cualquier cultura, edad y procedencia. Y es además un clásico traducido a medio centenar de idiomas.

El hombre en busca de sentido es el estremecedor relato en el que Viktor Frankl nos narra su experiencia en los campos de concentración. Durante esos años sintió en su propio ser lo que significaba una existencia absolutamente desprovista de todo, salvo de la existencia misma. Él, que todo lo había perdido, que padeció hambre, frío y brutalidades, pudo reconocer que, pese a todo, la vida es digna de ser vivida y que la libertad interior y la dignidad humana son indestructibles. En su condición de psiquiatra y prisionero, Frankl reflexiona con palabras de sorprendente esperanza sobre la capacidad humana de trascender las dificultades y descubrir una verdad profunda que nos orienta y da sentido a nuestras vidas. La logoterapia, método psicoterapéutico creado por el propio Frankl, se centra en el sentido de la existencia y en la búsqueda de ese sentido por parte del hombre, que asume la responsabilidad ante sí mismo, ante los demás y ante la vida.


Clase 2: EL MAL

      Partamos de la triple formulación de la pregunta de la teodicea[1], ésta versa más o menos así: ¿Cómo es posible hablar de Dios cuando su mundo padece y no se encuentra justicia y salvación evidente para los que sufren? ¿Cómo puede asumirse la contingencia provocada por el mal, en un discurso de teología negativa de la creación, esto es, cómo se puede pensar a partir de lo desconocido que se espera para el mundo y la humanidad? ¿Cómo puede perfilarse la esperanza, en la aclaración demandada al Dios que se justificará a sí mismo al final de los tiempos, sin hacer uso necesariamente de un lenguaje mítico triunfalista?

      El discurso sobre Dios, fundado en esta pregunta de la teodicea — que es la fundamental pregunta escatológica — no es un discurso hueco o estéril, ya que este discurso sólo puede ser formulado como pregunta aclaratoria dirigida a Dios desde la praxis solidaria de la memoria passionis, que se resiste a la desaparición en el olvido colectivo del sufrimiento inmerecido e injusto existente en el mundo[2].

       Toda religión, que tome en serio su relación con Dios, se preguntará por la existencia del mal; por la incompatibilidad lógica de un Dios bueno que permite que su creación sufra; por el tiempo y la duración de este mundo ante la inevitable sensación de sinsentido, que brota de la experiencia de sufrimiento, tanto personal como ajena. Por ello, la esperanza política, más que una respuesta definitiva y satisfactoria, busca un lenguaje orante que permita expresar dicha impotencia delante del Dios que debe impartir su justicia al final de los tiempos. El problema y la pregunta de la teodicea, por tanto, «no exime de la percepción participada del sufrimiento ajeno, sino que hace de ésta — en cuanto compasión — el centro de la praxis cristiana»[3]. De la vivencia de la compasión nace la esperanza, aún cuando no se comprenda totalmente la razón del mal y del sufrir, pues la autoridad de los que sufren no pide una consolación académica, sino que demanda la unidad, en la cual se manifiesta que la palabra de promesa es habitable y creíble en la historia. Así, la teología cristiana comprende que su tarea es mantener viva la expectación vivificando y actualizando la pregunta de la teodicea, que no será resuelta sino en la hora escatológica-apocalíptica, a partir de la cual se dará fin a la temporalización de la historia. Así lo manifiesta J. B. Metz al expresar que:

Tampoco la teología cristiana puede “resolver” esta pregunta sin más. Su tarea consiste más bien en extraer repetidamente esta pregunta de sus codificaciones secularizadas, presionar para que sea incorporada siempre de nuevo al orden del día de nuestra conciencia ilustrada, evidenciar su intransferibilidad a instancias interhumanas o de-subjetivadas y elaborar el concepto de la esperanza — atravesada por una tensión temporal — de que Dios mismo se “justificará” cuando llegue su día[4].

      La encarecida lucha de la teodicea no es el mal y su justificación filosófica, sino su constante interpretación a partir de la vivencia de la compasión — a imagen y semejanza de Jesús — para impedir que el olvido y la indiferencia, hagan del cristianismo una especie de gnosis ciega a la alteridad. El olvido es la estrategia fundamental que la actual situación histórica utiliza para alcanzar la felicidad, pues donde no existe Dios ni su promesa apocalíptica, se presenta el olvido como la única posibilidad de la felicidad humana. Consecuentemente se corrobora una perdida de esperanza en la teología moderna, tan carente de compasión y de prospectiva escatológica, donde, irónicamente «el mágico circulo teológico se cierra antes de que el ser humano pueda entrar en él»[5].


[1] Filosóficamente, la teodicea busca la justicia y la bondad de Dios, a pesar de la presencia del mal en el cosmos y en la historia. Su estructura y articulación pretenden justificar a Dios ante el ateísmo trágico de la edad moderna, el cual niega el absoluto trascendente. Para el interés de la investigación baste citar el planteamiento y la distinción del problema a partir de J.B. Metz, Memoria Passionis, 41: «Igual que existen dos clases de ilustración … así también hay, lo cual es más importante, dos tipos distintos de teodicea: por un lado la pregunta estrictamente filosófica por la justificación de Dios a la vista del mal y la maldad que afligen al mundo, […] por otro, una forma característicamente bíblica del problema de la teodicea, presente sobretodo en las tradiciones profético-apocalípticas (de ambos testamentos), que introduce el dramatismo de este problema en la situación de los creyentes, oponiéndose así al intento de ofrecer una solución mítica o meramente teológico-especulativa».  
[2] J.B. Metz, Memoria Passionis, 221.
[3] J.B. Metz, Memoria Passionis, 43.
[4] J.B. Metz, Memoria Passionis, 74.

[5] J.B. Metz, Memoria Passionis, 79.

MAL

Daño o sufrimiento, que se da en muy diversos ámbitos; se habla por ello de mal físico, psíquico, moral, metafísico y religioso, aunque pueden reducirse a dos clases: mal físico y mal moral. El mal moral es la libre decisión humana de actuar contra el bien. El mal físico es el dolor o sufrimiento, en todas sus formas, en el mundo. Se llama problema del mal a la difícil explicación de la existencia del mal (físico o moral) en el mundo, en el supuesto de que éste ha sido creado por Dios, infinitamente bueno y omnipotente, que además lo conserva con su providencia (ver cita). La tradición filosófica de orientación cristiana constituyó la teodicea, o «justificación de Dios», como parte de la filosofía destinada a poder explicar la presencia simultánea de los dos extremos del problema: Dios y el mal.

El maniqueísmo, religión fundada por el persa Mani, o Manes, en el s. III d.C., y cuyas doctrinas se mezclaron con las de la gnosis, hasta el punto de ser considerada su fase final, explica la existencia del mal atribuyéndola al principio del mal, o de las tinieblas, o también a la hylemateria.

De Agustín de Hipona proviene la clásica noción metafísica del mal, propia de buena parte de la filosofía de tradición cristiana, entendido como «privación del bien».

Normalmente la filosofía lo considera un absurdo y la teología, un misterio.

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«La fe cristiana es, a no dudarlo, una fe buscadora de justicia. Ciertamente, los cristianos deben ser místicos, pero no exclusivamente en el sentido de una experiencia individual espiritual, sino en el de una experiencia de solidaridad espiritual. Han de ser “místicos de ojos abiertos”. […] Son ojos bien abiertos […] los que nos hacen volver a sufrir por el dolor de los demás: los que nos instan a sublevarnos contra el sinsentido del dolor inocente e injusto; los que suscitan en nosotros hambre y sed de justicia, de una justicia para todos.»

  • El propósito de la presente obra es incidir, desde una perspectiva teológica, en el discurso de la espiritualidad y las espiritualidades, un discurso tan generalizado como poco o mal definido en muchas ocasiones. En esta propuesta de una mística de ojos abiertos, el autor no hablará solo del perfil irrenunciable de la espiritualidad cristiana, sino que también irrumpirá en el debate actual, marcado por la crisis, sobre Dios y la Iglesia, sobre las religiones y los ámbitos seculares.Según Metz, la espiritualidad cristiana no debe rehuir dicho debate ni neutralizar las decepciones ocasionadas por las fallidas reformas de la Iglesia. Estas decepciones, muy arraigadas ya en gran parte de la sociedad, degeneran a menudo en una gran indiferencia con respecto a la vida de la institución. ¿Puede contribuir una espiritualidad teológicamente imbuida a que la Iglesia recupere lo que ha perdido a lo largo de la historia? El autor ha escrito estas páginas porque cree en esa posibilidad y no considera sustituible el perfil católico del cristianismo eclesial —en el sentido más ecuménico de la palabra— cuando se trata de enfrentarse finalmente con los ojos abiertos a los retos de una crisis (de Dios) histórica.

En esto radica la diferencia concreta de la mística cristiana al ser confrontada con otras místicas — especialmente con las tan difundidas experiencias espirituales del lejano oriente — ya que la mística bíblica busca un rostro, no es una espiritualidad que se confunde con la naturaleza o el cosmos en cuanto tal. Jesús, el modelo más alto y completo de esta espiritualidad, lleva a cumplimiento el eco y las historias de sufrimiento — pasadas, presentes o futuras — en las que la humanidad reclama a Dios su presencia y su consuelo, distinguiéndose, así, como una mística particularmente política en función de los demás, y nunca prescindiendo de ellos. Como gusta expresarlo Metz: «Buda medita, Jesús grita»[1].      

Gritar es interrumpir, señalar la imposibilidad de continuar una dirección de muerte; gritar significa creer lo que se espera. La mística cristiana es la expresión de un grito hacia el Dios que ha prometido su venida, por ello «el grito no es, en este sentido, la expresión del no creer, sino en realidad la expresión última, y más radical, de la propia fe»[2].


[1] J.B. Metz, Por una mística de ojos abiertos,95.
[2] J.B. Metz, Por una mística de ojos abiertos,138.

Clase 3: EL TIEMPO Y LA HISTORIA

En sus últimos estudios, especialmente en Tiempo y narración, Ricœur examina la estructura de la temporalidad y el papel de la metáfora como elementos pertinentes para la hermenéutica, y culmina la transformación de la fenomenología husserliana . La tesis heideggeriana de la pertenencia del yo a su mundo ya marcaba una distancia con respecto de Husserl, y señalaba que la comprensión sólo puede realizarse a partir de esta pertenencia del yo al mundo, que se manifiesta a través del lenguaje. Por tanto, no es posible alcanzar un hipotético fundamento noético, como quería Husserl. A su vez, el estudio de la metáfora provoca una redescripción de la experiencia en el ámbito de los valores, y el estudio de la narración permite una redescripción en el orden del obrar y en el orden de las nociones temporales. El tiempo es tiempo humano porque está articulado de manera narrativa. Por ello no es tampoco posible una comprensión noética o intuitiva del tiempo, razón por la que la identidad del yo se relaciona con la capacidad de poder seguir una narración.

HISTORIA

del griego ἱστορία, historía, investigación, ciencia, de historein, describir, investigar; en Aristóteles, conocimiento de lo individua.

Conjunto de hechos acontecidos en el pasado referibles al hombre (significando las res gestas)y también investigación y descripción de estos mismos hechos pasados (significando la historiam rerum gestarum). El primer sentido alude a la realidad del hombre que se desarrolla, como individuo social, en el tiempo; alude en definitiva, a la historicidad de la existencia humana. El segundo remite al conocimiento de esta misma realidad; a la historia de lo que acontece; en este segundo sentido se le da también el nombre de historiografía.

Frente a un positivismo histórico, no obstante, basado en una atención exclusiva a los hechos y consistente en una cronología de hechos objetivos, en la medida de lo posible, y en el estudio de la causalidad que los rige, la «Escuela de los Anales», que debe su origen a los «Annales d´histoire économique et sociale», fundados en 1929 por Lucien Febvre (1878-1956) y Marc Bloch (1886-1944), plantea más bien la necesidad de atender a las estructuras internas de la sociedad, como economía, cultura, grupos sociales, relaciones sociales, etc., que constituyen objetos de estudio más susceptibles de tratamiento científico que los simples acontecimientos. De todas maneras, aun reclamándose como ciencia, sobre todo por la utilización de una metodología rigurosa para la investigación, la historia pertenece al tipo de ciencias denominadas idiográficas por oposición a las nomotéticas, o al conjunto de ciencias del espíritu, en expresión de Dilthey o de las ciencias humanas en general. Se le discute la posibilidad de recurrir a la experimentación de las hipótesis y a la predicción de los acontecimientos, pero se le atribuye la capacidad de comprender las consecuencias de la temporalidad del hombre y aun la de poder captar, de alguna forma, la «vida» humana. De hecho, la interpretación histórica, el método histórico, es uno de los aspectos de la hermenéutica.

Libro Recomendado:

Los dos capítulos iniciales de este primer tomo están dedicados al análisis del tiempo en San Agustín y al concepto de “trama” en Aristóteles. Alrededor de ellos giran los tres volúmenes que componen esta obra: el tiempo en el relato histórico, el tiempo en el relato de ficción y la experiencia del tiempo en la narración.

Para Agustín y toda la tradición cristiana, la interiorización de las relaciones puramente extensivas del tiempo remite a una eternidad en la que todas las cosas están presentes al mismo tiempo. La aproximación a la eternidad por el tiempo consiste, pues, en la estabilidad de un alma en reposo: “Me mantendré y consolidaré en ti, según mi modo de ser, pero en tu verdad” (Confesiones XI, 30, 40).

La filosofía del tiempo de Heidegger, al menos en la época de El ser y el tiempo, donde desarrolla con gran rigor el tema de los planos de temporalización, orienta la meditación no hacia la eternidad divina, sino hacia la finitud sellada por el ser-para-la-muerte. ¿Son estas dos maneras irreductibles de reconducir la duración más extensiva hacia la más tensa? ¿O es la alternativa sólo aparente? ¿Hay que pensar que sólo un mortal puede tener la idea de “dar a las cosas de la vida una dignidad que las eterniza”? ¿Y la historia, a su vez, sigue siendo histórica sólo si, transcurriendo por encima de la muerte, se guarda del olvido de la muerte y de los muertos y sigue siendo un recuerdo de la muerte y una memoria de los muertos? La cuestión más grave que podría plantear este libro es saber hasta qué punto la reflexión filosófica sobre la narratividad y el tiempo puede ayudar a pensar juntas la eternidad y la muerte.

122 respuestas a «Propedéutico Filosófico II»

  1. Avatar de Susana López R.
    Susana López R.

    Clase 2: El Mal y la Mística de Ojos Abiertos

    El problema del mal es una herida abierta en la historia de la humanidad y en la fe cristiana. No se trata solo de una cuestión teórica, sino de una experiencia concreta que nos confronta cada día: el sufrimiento inocente, la injusticia, la violencia, la enfermedad. La teodicea intenta responder a la pregunta de cómo hablar de Dios en medio de este dolor, pero como señala J.B. Metz, la tarea de la teología no es resolver el misterio, sino mantener viva la memoria passionis, la memoria del sufrimiento que no debe ser olvidado. La fe cristiana, en este sentido, no es evasión ni consuelo abstracto, sino compromiso con la historia y con los que padecen.

    A lo largo del pensamiento filosófico y teológico, distintos autores han ofrecido respuestas que iluminan este problema. Agustín de Hipona entendió el mal como privación del bien, una ausencia que surge de la libertad humana. Leibniz, en suTeodicea, sostuvo que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”, intentando reconciliar la bondad de Dios con la existencia del mal. Kant habló del mal radical como una inclinación de la libertad hacia lo contrario del bien. Paul Ricoeur lo nombró misterio y escándalo, recordándonos que el mal no se explica, sino que se narra y se integra en la memoria. Simone Weil lo asumió como ocasión para abrir los ojos al dolor del otro, haciendo de la atención radical una forma de espiritualidad. Hans Jonas, tras la experiencia de Auschwitz, afirmó que la teodicea clásica ya no era suficiente y propuso un Dios vulnerable que comparte la fragilidad del mundo. Metz, finalmente, nos invita a ser “místicos de ojos abiertos”: no callar, sino gritar contra el sinsentido, no olvidar, sino hacer memoria, no huir, sino vivir la esperanza como compromiso solidario.

    La mística cristiana, en contraste con otras tradiciones espirituales, no busca fundirse con el cosmos, sino encontrar un rostro: el rostro de Dios en la historia de los que sufren. Jesús es el modelo más alto de esta espiritualidad, pues su grito en la cruz no es incredulidad, sino la expresión más radical de la fe. Como dice Metz: “Buda medita, Jesús grita”. Ese grito es protesta contra la injusticia y, al mismo tiempo, confianza en la promesa de Dios. La fe cristiana, por tanto, es una fe buscadora de justicia, que no se refugia en consuelos indeterminados, sino que se compromete con la memoria y la solidaridad.

    Mi reflexión es que el mal no se explica del todo, pero sí nos obliga a recordar, acompañar y esperar. La fe cristiana me pide abrir los ojos, tomar en serio el dolor inocente y confiar en que Dios, al final, se justificará. Mientras tanto, nuestra tarea es mantener viva la esperanza en la historia, resistir al olvido y vivir la compasión como praxis. Ser místicos de ojos abiertos significa no huir del sufrimiento, sino enfrentarlo con solidaridad y esperanza, convencidos de que la justicia de Dios llegará y que nuestra responsabilidad es mantener encendida esa expectativa en la vida comunitaria.

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  2. Sesión 1

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  3. Sesión 1

    Sentido de la vida

    El texto habla sobre importantes preguntas que nos hacemos con frecuencia sobre la vida, como: ¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué vivimos?, ¿Qué debemos hacer? y también ¿Qué podemos esperar del futuro?. Estas preguntas son importantes porque nos ayudan a pensar en el sentido de nuestra vida.

    El texto dice que solo los seres humanos se hacen este tipo de preguntas, porque sabemos que nuestra vida tiene un comienzo y un final. Al pensar que algún día vamos a morir, nos preguntamos si lo que estamos haciendo vale la pena o si nuestra vida tiene un propósito. La Filosofía cree que la vida si puede tener sentido y mantiene la esperana de encontrarlo.

    También explica qué significa la palabra «sentido». Algo tiene sentido cuando podemos entenderlo. La Ciencia por ejemplo intenta entender cómo funciona el mundo, pero la filosofía se pregunta por realidades o situaciones más complejas, como la vida, el ser humano e incluso la muerte.

    Por último, el texto dice que solo las acciones de las personas tienen sentido, porque las hacemos libremente y con una intención. Por ejemplo, estudiar para aprender tiene sentido; en cambio, cosas de la naturaleza, como la lluvia o un trueno, no tienen sentido, solo suceden.

    Cuando preguntamos por el sentido de la vida o del ser humano, comenzamos a reflexionar como lo hace la filosofía.

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  4. Avatar de Hna. Cinthia Gabriela Trujillo Mercado
    Hna. Cinthia Gabriela Trujillo Mercado

    Clase 1: El Sentido de la Vida

    Hna. Cinthia Gabriela Trujillo Mercado

    “…libertad interior y la dignidad humana son indestructibles…” Víctor Frankl

    El autor Victor Frankl hace una afirmación de gran valor, al afirmar que en medio de todo “la libertad interior y la dignidad humana son indestructibles”. Hoy día, la libertad y la dignidad son reclamadas másque nunca. Se exige la libertad “para ser quien desea ser”, incluso un animal, un árbol, peor aún, no como una identidad estática sino dinámica que puede ser o no ser un día y al otro no. La libertad ha sido utilizada también, bajo apariencia de derecho, más bien como una justificación para cometer actos de intolerancia contra los valores, normas y orden social. La libertad, es concebida por muchos, como la gratificación o sentimiento agradable de hacer lo que deseo, sin importar el bienestar de los demás y el propio. La libertad interior de la que habla Frankl, es un valor inquebrantable, infranqueable, inviolable, etc. Es decir, nada ni nadie puede arrebatar este don. Ella trae consigo la conciencia del hombre y su dignidad, dado que, desencadenado de condicionamientos externos e internos, la libertad, concede la capacidad de reconocer y elevar la mirada a la alta dignidad del ser humano. A su vez, la conciencia de la dignidad humana, produce efectos de libertad interior en el hombre. De modo que, cuándo el hombre es capaz de tomar decisiones de trascendente valor y de reconocer y aceptar quién es, podrá descubrir el sentido de la vida, aún en estas condiciones, a veces, tan temporales a la que está sometido, pero sin duda tendidas hasta la eternidad.

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  5. Avatar de Susana López Rojas
    Susana López Rojas

    El tiempo y la historia

    San Agustín nos enseña que el tiempo no es sólo sucesión de instantes, sino experiencia interior que se abre hacia la eternidad. En su visión, el alma encuentra reposo en Dios, donde todo está presente al mismo tiempo. Esa confianza en la eternidad es también consuelo: el tiempo vivido no se pierde, se guarda en la memoria divina.

    Heidegger, por su parte, nos recuerda que el tiempo se revela en la finitud, en la conciencia de la muerte. No hay eternidad que nos rescate, sino la posibilidad de vivir con autenticidad sabiendo que somos mortales. Esa tensión nos obliga a dar dignidad a cada instante, como si cada gesto pudiera eternizarse en la memoria de quienes nos sobreviven.

    La narración aparece entonces como puente entre ambas visiones. Contar historias, recordar a los que ya no están, dar sentido a lo vivido, es una manera de que la finitud se abra a una forma de eternidad compartida. La historia se convierte en memoria viva: no borra la muerte, pero la transforma en presencia y compromiso.

    En este horizonte, Emmanuel Levinas añade una clave ética: el tiempo se experimenta en la relación con el otro. La muerte no es sólo límite personal, sino también responsabilidad. El rostro del otro nos llama a recordar, a cuidar, a responder. En esa respuesta, la vida adquiere una dignidad que la trasciende

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    Susana López R.

    El tiempo y la historia:

    San Agustín nos enseña que el tiempo no es sólo sucesión de instantes, sino experiencia interior que se abre hacia la eternidad. En su visión, el alma encuentra reposo en Dios, donde todo está presente al mismo tiempo. Esa confianza en la eternidad es también consuelo: el tiempo vivido no se pierde, se guarda en la memoria divina.

    Heidegger, por su parte, nos recuerda que el tiempo se revela en la finitud, en la conciencia de la muerte. No hay eternidad que nos rescate, sino la posibilidad de vivir con autenticidad sabiendo que somos mortales. Esa tensión nos obliga a dar dignidad a cada instante, como si cada gesto pudiera eternizarse en la memoria de quienes nos sobreviven.

    La narración aparece entonces como puente entre ambas visiones. Contar historias, recordar a los que ya no están, dar sentido a lo vivido, es una manera de que la finitud se abra a una forma de eternidad compartida. La historia se convierte en memoria viva: no borra la muerte, pero la transforma en presencia y compromiso.

    En este horizonte, Emmanuel Levinas añade una clave ética: el tiempo se experimenta en la relación con el otro. La muerte no es sólo límite personal, sino también responsabilidad. El rostro del otro nos llama a recordar, a cuidar, a responder. En esa respuesta, la vida adquiere una dignidad que la trasciende.

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    1. Hola, Hermana Susana

      Su aporte es muy interesante porque logra integrar distintas perspectivas filosóficas sobre el tiempo. Me parece valioso cómo pone en diálogo a San Agustín de Hipona Martín Heidegger y Emmanuesl Levinas, mostrando que el tiempo no es solo algo que transcurre, sino una experiencia que se vive interiormente, se enfrenta con la finitud y se comprende en la relación con el otro.

      También me gusta que presenta estas posturas como complementarias, lo que permite una reflexión más amplia sobre nuestra manera de vivir el tiempo. De San Agustín de Hipona, aprendemos que el tiempo se vive interiormente y encuentra su plenitud en Dios, donde todo adquiere sentido y nada se pierde. La vida no se disuelve en la nada sino que permanece en la memoria divina.

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  7. Al final de todo La filosofía trata de las preguntas más importantes de la vida: pero el tema del sentido de la vida ha sido el mas peculiar en lo personal. preguntas como…¿ qué estamos haciendo aquí y qué sentido tiene todo esto?. Son preguntas que no se pueden evitar, porque tocan lo más profundo de nuestra existencia. El ser humano se cuestiona el sentido porque sabe que su vida es limitada. También cuando sufre o pasa pena, sobre todo porque sabe que va a morir, mas preciso en la ultima lo obliga a preguntarse si su vida vale la pena o si todo termina en la nada. Cuando hablamos de sentido, hablamos de propósito, de dirección, de un “para qué”. La ciencia explica cómo pasan las cosas, pero la filosofía intenta entender qué significado tienen. Y realmente solo nuestras decisiones y acciones pueden tener sentido, porque dependen de nuestra libertad. Lo natural simplemente ocurre; lo humano se elige y por eso puede comprenderse. en lo personal lo que mas nos impacta es cuando el texto señala que el ser humano es el único que se interroga de manera radical sobre su existencia. Y lo hace porque tiene conciencia de que su vida es finita, de que su tiempo se acaba. (Ya que al analizar este punto nos hace recordar la pastoral que tenemos la iglesia).

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  8. Clase 2

    El mal

    El mal es una realidd que todos conocemos. Lo vemos cuando hay guerra, injusticias, enfermedades o cuando alguien hace daño a otra persona. También lo sentimos cuando sufrimos o vemos sufrir a quienes queremos. Por eso surge una pregunta muy fuerte: Si Dios es bueno y poderoso, ¿por qué existe el mal?

    A esta pregunta se le llama problema de la teodicea. No es una pregunta fácil ni tiene una respuesta simple. Filósofos y teologos han intentado comprender cómo existe al mismo tiempo Dios y el mal en el mundo.

    Podemos distinguir dos tipos de mal:

    • Mal moral: cuando una persona, libremente, decide hacer el mal (mentir, robar, herir, ser injusto).
    • Mal físico: el dolor, la enfermedad, los desastres naturales, el sufrimiento que no siempre depende de nuestras decisiones.

    Algunos pensadores, como San Agustín, dijeron que el mal no es algo creado por Dios, sino una “falta de bien”, como la oscuridad es falta de luz.

    El texto que leímos insiste en algo muy importante: más que dar una explicación teórica lo esencial es no olvidar el sufrimiento de las personas. La fe cristiana no busca justificar el dolor con palabras bonitas, sino acompañar, recordar y actuar con solidaridad.

    Aunque no entendamos completamente por qué existe el mal, sí podemos decidir cómo responder ante él. Podemos elegir no ser indiferentes.

    En conclusión, el problema del mal, es un llamado a vivir con más responsabilidad y amor. Tal vez no podamos explicar todo, pero sí podemos comprometernos a luchar contra el mal con nuestras acciones, cuidando a los demás y manteniendo viva la esperanza de un mundo más justo.

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  9. Sesión 3

    El tiempo y la historia

    Normalmente pensamos en el tiempo como algo que marcan los relojes; pero el filósofo francés Paúl Ricœur decía algo muy interesante: «El tiempo se vuelve verdaderamente humano cuando lo contamos como una historia». Nosotros no vivimos el tiempo como números, sino como relatos.

    Otros filósofos como Martín Heidegger ya habían dicho que el ser humano no vive aislado, sino en el mundo, y que entiende su vida a través del lenguaje. Por eso cuando alguien pierde la memoria o no puede reconstruir su pasado, tambien se debilita su identidad. Somos la historia que podemos contar de nosotros mismos.

    La palabra «historia» viene del griego y significa investigación. Es la narración colectiva de la hamanidad.

    “La historia no es simplemente recordar el pasado.
    Es investigar el pasado para comprender mejor quiénes somos hoy.”

    Porque una comunidad sin memoria:

    • Pierde identidad, orientación y sentido de continidad.
    • En definitiva: Vivimos en el tiempo, pero entendemos el tiempo contando historias.

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  10. Todas las circunstancias que vamos a enfrentar en nuestra historia suman instantes que se miden y se registran en nuestro interior, en nuestro tiempo. Lamentablemente comenzamos el día con rutinas que tienen que encajar con las indicaciones de un reloj, pautadas, en tiempos ya definidos. Todos estos eventos “han colonizado nuestras vidas” ¿En qué momento dejamos de ser dueños de nuestras jornadas para convertirnos en súbditos de una agenda? Con el tiempo que me queda debo hacer el propósito de seguir el proceso de conquistar la tiranía del reloj, para ser yo el tiempo. Esto me permitirá seguir renunciando a jornadas amaestradas, que nos exigen inmediatez y sumisión. Todavía tengo tiempo de seguir madurando y tener la posibilidad de conquistar la propia vida con dinamismos que nos lleven a quedar plasmados en las vidas de los demás y ser excelente recuerdos en su tiempo.

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  11. Dios.

    Hoy se nos presenta la oportunidad de explorar lo trascendente o lo absoluto sin las restricciones de la creencia religiosa tradicional, tratándolo más como una categoría del pensamiento o desde una exigencia ética. Acá entran los argumentos racionales, científicos y religiosos. Aristóteles nos presenta a “Dios como el ser necesario, supremo, que causa todo lo demás” “Es evidente que existe algo que causa todo lo demás y a sí mismo no es causado por nada” Santo Tomás de Aquino. “Pienso, luego existe” René Descartes. Sartre y Camus, abordaron el tema de la existencia de Dios en un contexto existencialista y posmoderno. “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (Juan Pablo II Fides et Ratio) Dios ha puesto en el corazón humano el deseo de conocer la verdad para que, al conocerlo a Él, el hombre puede conocerse plenamente a sí mismo.

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  12. Definitivamente vivir verdaderamente con sentido implica un proceso continuo de autorreflexión y cuestionamiento. Si no somos capaces de analiza lo que creemos, los valores y las acciones, siempre estaremos expuestos a desperdiciar nuestra existencia como personas. El conocimiento de uno mismo que por cierto es un proceso complejo es el punto de partida para adquirir el conocimiento que nos permita aspirar a un bienestar que nos lleve a realizarnos y así también poder vivir esa realización para servir a los demás. Sócrates decía que la filosofía debe priorizar el cuidado del alma mediante la búsqueda de la verdad y la virtud.

    Asumir la realidad que nos rodea y las aristas que en ella gravitan también requiere de hacer un esfuerzo titánico para lograr liberarse de todo lo que amenaza la vida plena y abundante que posee el ser humano. Se requiere de valentía renunciar a ser el centro de todo y lograr que el egoísmo, la arrogancia y la autosuficiencia sean desterrados de nuestro ser. Estos mismos son los que impactan directamente a las personas que les rodean y al mismo tiempo a nivel social generan la injusticia y las perores tragedias que condenan a los seres humanos al sufrimiento y a una vida desgraciada de la cual tarde o temprano manifestará lo inútil y desgraciada que fue su vida, en otras palabras, su destino será la soledad y frustración. Prueba de todo esto está la cantidad de personajes en la historia que han desgraciado la vida de millones de personas.

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